Esta palabra llegó a mi mente como una visión, como una necesidad de transformar todo lo que había dejado: el sentir de lo que ya estaba sanado. Es como sentarse a pensar de qué manera utilizo esto que he aprendido, que sea una constante en mi vida y no me sabotee en cada fecha, en cada recuerdo, en cada aroma o melodía capaz de encender un sentimiento distinto.
Confieso que pasé muchas horas frente a esta palabra, meditando lo que podría significar para mí y lo que pudiese transmitir a través de ella.
Intenté divagar con la idea de reconstruir sentimientos o pensamientos acerca de lo que ya no quisiera recordar, pero que vuelve inevitablemente cada vez que quiero ayudar o dejar alguna enseñanza.
Así que decidí permitirme recordar, sentir y, quizá, sufrir cada vez menos al hablar de ello. ¿Por qué? Porque a través de esto descubrí que todas esas sensaciones que en algún momento me atormentaban, me quitaban el sueño y me angustiaban en ocasiones, podían convertirse en la herramienta que me haría más fuerte, menos temeroso y, sin sonar orgulloso, un poco más sabio. Estaba en el camino de utilizar lo que alguna vez consideré malo en algo bueno: avanzar en el propósito de ayudar, de enseñar y, sobre todo, de acompañar. Porque, aunque pensemos que quien sufre siempre tiene a alguien —familia o amigos— con quien contar, lo cierto es que a veces estamos más solos de lo que imaginamos. Por orgullo, por pena de no “molestar”, vamos acumulando dolores, ansiedades y miedos que nos atrapan en un lugar donde nadie puede rescatarnos, porque solo nosotros lo conocemos.
Ese lugar al que nadie se acerca porque ni siquiera sabe que existe; y mucho menos puede sanar o reparar lo que, por encima, “se ve bien”. Entonces, ¿qué debemos hacer?
Re-crear. Sí, re-crear en el corazón, en el espíritu, en la forma de sentir. Es como tomar esas cenizas que quedaron, humedecerlas y esculpir una nueva sensación que traiga paz y tranquilidad.
Yo lo experimenté a través del amor de Dios, que me fue enseñando poco a poco cómo el dolor y la pena podían convertirse en amor: en el amor de las palabras dadas y recibidas, en el amor que deja el recuerdo de una caricia; en los sonidos que llegan extemporáneamente a la cabeza, reconstruyendo vivencias que aún guardan ese pequeño aroma de alegría, de tranquilidad, de dicha.
Aun cuando esa re-creación obra de manera casi milagrosa, todo resulta extraño de alguna forma. A veces cuesta aceptar que ya estás reconstruyendo y que, por esa razón, aquello a lo que te aferrabas —ese dolor profundo— se va desvaneciendo como si quisiera dejar de existir. No es que ya no exista: se convierte en otra sensación que te da paz, pero que a la vez te quita lo que venías abrazando desde hace tiempo, ese sufrimiento incesante que mantenía ocupados tus pensamientos. Entonces entras en una confrontación rara: no sabes si quieres dejar de sufrir o si, sencillamente, no quieres soltarlo porque te daba cierto “confort”. Y ahí vuelves a re-crear, pero de otra manera: a través del amor propio, de las ganas de sostener un objetivo de vida verdadero —no esas pequeñas ilusiones que dejas entrar solo para repetirte que la vida continúa y tú también—.
En medio de esta reflexión entendí que tenía otras cosas que superar. No todo va como uno lo imagina, y en ciertos momentos Dios te sacude para mostrarte otra perspectiva: para que creas de veras en lo que te estás trazando y por nada desfallezcas. Hay un riesgo mayor: sentirse fracasado en medio del propósito.
Luego de esta re-creación —o transformación— uno piensa que ya nada más puede pasar, que si se camina de la mano de Dios no habrá más obstáculos y todo fluirá de maravilla. Pero no. No es pesimismo: cuando renace un propósito, debes seguir luchando por él. Haber atravesado el sufrimiento más grande no “saldó” tu cuenta de angustias con la vida. No. Ahora se reconstruye una persona con mayor valor, con un carácter distinto, que sabe que hay cosas por las que no vale la pena preocuparse y otras a las que sí se debe prestar atención, pero sin aquella angustia previa.
Cuando logras entenderlo y te centras en tu evolución como persona, en tu carácter y en tu sentir, puedes decir que encontraste la re-creación de tu ser. Tu umbral de dolor cambia y, aunque no lo creas, el dolor que sentiste antes te hace más fuerte y más positivo frente a la vida. Para mí, la trascendencia del dolor es la perspectiva de lo que aprendes en las situaciones y de lo que decides abrazar para cruzar al otro lado del río. Todo se construye con fe. Y ahí está EL REGALO.
One Response
Si, queda otro camino por recorrer.
Renovando, lo que hemos ya visto, lo que hemos sentido, lo que hemos probado o degustado, lo que hemos escuchado ya con otro tono. Reconciliandonos con que ahora ya es un nuevo sabor, una nueva visión, una nueva perspectiva, y otros sentimientos que aparecen ante la ausencia, ante la pérdida, ante el fracaso, ante la nostalgia, ante la tristeza que sopesa con una nueva vibración pero sigue siendo tristeza, esa tristeza que ahora hace parte de ese nuevo comienzo. Tristeza con un peso diferente, con recuerdos llevaderos, con sentimientos ya no encontrados sino transformados, con recuerdos que ya no hieren. Reencuentro con esa parte del alma y del corazón que se habían congelado, se habían esparcido de dolor y agonía.
Reconciliación con otra parte de nuestra historia por vivir.